Un político Italiano inmortalizó la frase “Pensando mal de la gente cometemos pecado, pero acertamos casi siempre”. Es lamentable que, en Internet, esta sea la primera -y muchas veces la única- hipótesis de contacto que tenemos con los demás. El beneficio de la duda es un privilegio que cada vez se concede menos a las ideas que se nos cruzan.

Estamos acostumbrándonos demasiado a ahorrar tiempo y a criticar o desoír por lo que nos parece escuchar, por lo que creemos leer, y no por lo que está ahí. A veces, la reputación del que expone una idea lo precede, e intentamos inmediatamente encajarlo en nuestros preconceptos, en nuestra idea del mundo, sin pararnos a pensar si realmente está diciendo eso, ni mucho menos, si nuestra idea del mundo no necesita un ajuste.

Por supuesto, ignorar la reputación de alguien tampoco es muy juicioso. Descartar que el político Fulano es liberal, que el científico Zutano marxista, o que el empresario Mengano es socialdemócrata, implica a veces quitar un contexto importante de sus frases. Pero otras veces, nos hace forzar una idea valiosa que puedan tener dentro de una simplificación absurda. Una persona inteligente puede tranquilamente (o debería poder) tener una visión capitalista de la economía pero ser capaz de razonar sobre las ventajas de alguna idea socialista en particular.

Lo más difícil en todo esto es leer algo realmente desagradable, ya sea por el autor, o por el texto en sí, e intentar extraer una idea valiosa. Por ejemplo, en Chile hay un notorio editorialista en uno de los principales diarios con el cual si hay algo que comparto es el país. Es un esfuerzo leer sus notas, y en un 90% no valen la pena: son siempre, y cada vez más, el augurio del Izquierdocalipsis final, en que los Justos serán arrastrados a las tinieblas por el poder maléfico de los liberales, los abortistas, los homosexuales, en una palabra, los que representan todo lo Malo, porque no piensan como uno. Ahora bien, ¿qué pasa si dentro del fárrago usual hay algo importante?

Sería fácil decir “pero hay montones de escritores que exponen ideas válidas, sin que al leerlos uno tenga ganas de vomitar un pulmón”. El problema es que, como dije, esta persona es editorialista en uno de los diarios más importantes del país. Esto implica que representa en buena medida la opinión del diario, y en general, de toda una clase social, a la que hay que conocer para enfrentar. Ya ven cómo de pronto se vuelve importante saber exactamente qué está vociferando este energúmeno, aunque más no sea para actuar en contra.

Consideremos entonces el leer temas con los que no estamos de acuerdo como un ejercicio higiénico. Podemos intentar entender, si no aceptar, a alguien que piensa distinto. Podemos extraer ideas que de todos modos vale la pena conservar.